Rechazo: mi hijo no me ama

Rechazo de los hijos a los padres
El rechazo de mi hijo

dbr Atl via Compfight

“He vivido el rechazo de mi hijo de 3 años y no sabía qué hacer”.

Este es el testimonio de un padre joven que ha vivido una gran preocupación hasta que la ha solucionado, por eso habla en pasado. Al cuestionarse a sí mismo pudo cambiar la relación con su hijo que le rechazaba (el niño no soportaba que le tocara, que le abrazara, no quería jugar con él, no quería salir a la calle con él, se negaba a seguir sus indicaciones para vestirse, ponerse el pijama, comer, etc.).

“Estaba viviendo un verdadero infierno con el rechazo de mi hijo. Cada vez que se caía, o no quería comer, o ponerse el pijama, etc.– se abrazaba a su madre llorando, reclamando su atención y sus mimos. Ella se quedaba con todas las manifestaciones de ternura de nuestro hijo, para mi sólo rechazo, por más que lo intentara. Y si yo insistía, él me rechazaba cargado de rabia y de lágrimas. Y cuando ella no estaba presente, la impotencia me embargaba, hasta que totalmente abatido, esperaba la llegada de su madre que se hacía cargo de todo y yo me retiraba con una profunda sensación de fracaso, mientras mi hijo seguía y seguía llorando para desesperación también de su madre. Verles sufrir así me hacía sentir el ser más desgraciado del planeta”.

Las relaciones humanas son sistémicas.

Y difícilmente se puede arreglar algo así sin tener en cuenta cómo todas las partes en relación contribuyen a ello. ¿Quién tenía las riendas de la situación? ¿Qué acciones era necesario realizar para acabar con el rechazo y armonizar el conflicto?

Este padre solicitó una sesión preguntando si era conveniente acudir los dos, padre y madre o solo él. Sugerí inmediatamente que viniesen los dos. Una vez juntos en la sesión, le pedí a cada uno la descripción de lo que ocurría.

Definir “el estado de las cosas” pasaba necesariamente por asumir que el rechazo que el niño otorgaba a su padre era un reflejo de “algo” que ocurría entre ellos dos y de lo que perfectamente ellos podrían no tener conciencia. Cada vez que el niño se comportaba así con sus padres, ella –sin darse cuenta– mantenía un comportamiento de exclusión hacia el padre; toda su atención se centraba en su niño para calmar su estado de ansiedad. Había un gran desequilibrio relacional, había problemas de comunicación y como consecuencia, las víctimas de aquel rechazo y exclusión eran los tres. Pero la responsabilidad era de los adultos, no del niño.

Así, pronto ella descubrió que si abría sus brazos y su corazón a su pareja mientras atendía a su hijito, quizás el niño también lo haría. Y él también asumió su parte. El conflicto “empujó” a la pareja a preguntarse qué les estaba separando a ellos que a su vez el hijo estaba reflejando. Descubrieron que entre ambos había exclusiones y rechazo, en el sentido de no hacer partícipe al otro/a de algunos asuntos (de sentimientos, de trabajo, de relaciones externas, etc.). Era necesario compartir –dar y tomar–,  y reconocerse más el uno al otro. Era necesario contemplar y cumplir con las Leyes sistémicas.Y así fue, cambiaron sus actitudes y la situación se arregló, con gran alivio y satisfacción para todos.

Sin rechazo, hay unión
Familia unida, familia sin rechazo

Brett Davies via Compfight

“Estoy maravillado, de qué modo tan rápido y sencillo se ha solucionado mi relación con mi hijo, ahora me busca, nos abrazamos a cada momento, nos amamos y nos divertimos juntos, él está más suelto, más libre, creativo, juega solo y con otros niños, está más alegre y por si eso fuera poco, ha mejorado sustancialmente nuestra relación de pareja” afirma por fin este hombre.

Y es que cumplir y respetar las Leyes Sistémicas en las relaciones humanas es primordial en la búsqueda de soluciones en los conflictos.

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